M.José Castelar Ríos (psicóloga)

¿Quién no ha dicho alguna vez: “Estoy muy estresad@”?

Si nos detenemos a pensar, ¿conocemos a alguien que no se haya quejado alguna vez de lo estresa@ y agobiad@ que está?  Y es que vivimos en el siglo del estrés. Tenemos multitud de actividades que realizar cada día, de hecho, hemos asumido con total naturalidad que es normal sufrir estrés con el ritmo de vida que nos marcamos.

man-742766_960_720Lamentablemente, en los últimos años, el número de personas que sufren estrés se ha incrementado y sus consecuencias se han intensificado debido a la inestabilidad económica y social en la que nos vemos envueltos desde que surgió la  CRISIS. Sería prácticamente imposible no sufrirlo cuando te encuentras en una situación de desempleo prolongado, pierdes tu vivienda o las necesidades básicas no pueden ser cubiertas por falta de recursos económicos.

La mayoría de nosotros conocemos el malestar psicológico que conlleva el estar estresado y las consecuencias físicas más inmediatas (contracturas musculares, cefaleas, migrañas o bruxismo). Sin embargo, lo que multitud de gente no sabe es que el estrés tiene consecuencias mucho más trascendentales  a largo plazo.

Si el estrés  sólo acarrea consecuencias negativas ¿por qué tenemos que padecerlo? ¿no sería más sencillo si simplemente no apareciera? ESO NO ES POSIBLE

Como  otros estados de ánimo,  el estrés también tiene un papel adaptativo, contribuyendo a nuestro correcto funcionamiento. Este aparece cuando se dan unas relaciones concretas entre la persona y el afrontamiento de una determinada situación, en donde esta última es valorada por la persona como difícil de abordar por sus propios recursos. Para poder afrontar dicha situación de forma exitosa y disminuir el malestar se ponen en marcha los mecanismos psicológicos y físicos  necesarios, podemos decir que su función es la protección de  nuestra integridad.

¿Cuándo se vuelve un problema?

Cuando la tensión física y el malestar psicológico no desaparecen o  aparecen muy frecuentemente  por lo que necesitamos realizar un sobreesfuerzo de forma continuada, y para ello se tienen que poner en marcha muchos recursos si se quiere seguir funcionando de forma correcta. Aún así el organismo intenta llevar a cabo procesos de regulación, aunque no siempre son lo suficientemente eficaces.

stock-vector-science-56910865Enfermedades como la fatiga crónica, la fibromialgia, diabetes tipo 2, úlcera péptica, hipertensión, cardiopatías, síndrome metabólico, obesidad, artritis reumatoide, dermatitis o problemas autoinmunes son solo algunos ejemplos de cómo el estrés continuado favorece la aparición de problemas físicos. Esto ocurre porque  el sistema nervioso, inmune y endocrino están estrechamente conectados y cuando nos enfrentamos a una situación adversa, el organismo entero se pone en marcha para que podemos superarla satisfactoriamente.

De esta forma, el cerebro libera sustancias como la dopamina, serotonina, adrenalina y la acetilcolina que se encargan de obtener energía a partir de nuestras reservas  para que los órganos puedan trabajar adecuadamente ante este sobreesfuerzo, y además hace que disminuya el apetito lo que ayuda a que nos centremos única y exclusivamente en resolver el problema. Asimismo, determinadas estructuras cerebrales (como la hipófisis y el hipotálamo) producen hormonas como la antidiurética (que se encarga de regular los niveles de agua, glucosa y sal en sangre) y la hormona liberadora de corticotropina. Esta última actúa en una zona totalmente distinta al cerebro, las glándulas suprarrenales dando lugar a la liberación de corticoides. Los corticoides también intentan obtener energía, pero esta vez a través del metabolismo de proteínas, grasas e hidratos de carbono; y lo que es más importante, actúan sobre el sistema inmunitario.

En el sistema inmunológico, estas sustancias operan de forma similar a como lo haría un virus u otro agente infeccioso cuando entra en el organismo, desencadenan una respuesta inflamatoria y aumentan los niveles de un tipo de glóbulos blancos (los leucocitos). Enheavy-934552_960_720 resumen, se despliega todo un arsenal de defensas que nos permite estar en óptimas condiciones para enfrentar la situación. El problema surge cuando la respuesta de estrés se prolonga en el tiempo debido a que el organismo tiene que poner en marcha cada vez más recursos para que el nivel de defensas se mantenga, de forma que  llega un momento en que la persona queda inmunodeprimida temporalmente por agotamiento de nuestro sistema inmunológico. Con un sistema inmunológico debilitado que no nos defiende correctamente, cualquier sustancia perjudicial puede crearnos serias dificultades.

Por si todo esto fuera poco, el estrés facilita que se adquieran estilos de vida poco saludables favoreciendo que aparezcan otras conductas problemáticas. Algunas de ellas suelen ser el consumo de alcohol, de drogas,  la ingesta excesiva de comida o patrones de sueño alterados.

Ante estas evidencias es lógico pensar que es relativamente fácil llegar a desarrollar una enfermedad crónica, pero no hay que olvidar que tenemos la opción de llevar a cabo un estilo de vida que reduzca los niveles de estrés. Algunas recomendaciones son:

  • Una alimentación adecuada, que contribuya a la calidad celular y a su correcto funcionamiento. Para ello se aconseja el consumo de frutas, verduras, legumbres y ácidos grasos esenciales.
  • La práctica de ejercicio físico regular y adecuado a la edad, que fortalece el sistema inmune.
  • Hacer ejercicios de respiración para que se produzca una correcta oxigenación de los tejidos.
  • Eliminar hábitos tóxicos como el consumo de tabaco, drogas o alcohol.
  • Un descanso adecuado y establecimiento de tiempos de ocio que favorezcan la recuperación del organismo.
  • En el ámbito más psicológico, sería de gran ayuda que cada uno de nosotros desarrollara un buen manejo emocional, estilos de comunicación adecuados, establecimiento de objetivos realistas además de ciertas dosis de optimismo y de flexibilidad.

Por último, es importante tener en cuenta que existen otros muchos elementos que influyen en nuestra respuesta de estrés. Dichas variables son: el contexto familiar, la red de apoyo social, la contaminación ambiental o las condiciones biológicas y hereditarias.

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