images (2)El trastorno por estrés postraumático (TEPT) está englobado dentro de los trastornos de la ansiedad y se caracteriza por un conjunto de síntomas concretos que padecen personas que han sido víctimas, protagonistas u observadores de un acontecimiento extremadamente grave, que pone en riesgo su integridad física o la de otra persona. Estaríamos hablando, por ejemplo, de víctimas de guerras, catástrofes naturales o cualquier otra situación de amenaza inminente como violencia sexual, acoso o amenaza de muerte.

La mayor incidencia del TEPT está descrita en veteranos y supervivientes de guerra, de donde partió inicialmente el interés por el estudio de este problema emocional, así como en víctimas de secuestro y explotación o abuso sexual. También sabemos que son más propensas a padecer TEPT aquellas personas que por su trabajo, están más expuestas a detalles o imágenes resultantes de estos hechos (profesionales de la seguridad o la salud que recogen restos, rescatan víctimas o acceden a detalles de maltrato y abuso infantil).

Desgraciadamente, cada día recibimos información sobre acontecimientos sobrecogedores. Sin ir más lejos, estas semanas estamos siendo conscientes a través de los medios de comunicación, de la tragedia de las miles de personas que se ven obligadas a abandonar su país por causa de la guerra o hambruna y las situaciones dramáticas a las que tienen que enfrentarse para salvar su vida y las de sus familias, a veces sin éxito. Así mismo, podemos encontrar casos de conocidos y más cercanos a nosotros que nos recuerdan la realidad de los atentados terroristas, accidentes de tráfico, atracos con violencia, muerte trágica o repentina de un familiar…

Pero ¿qué ocurre a nivel psíquico con las personas supervivientes a estos eventos? Como imaginará el lector, la presencia de ansiedad y depresión será la sintomatología habitual, que puede hacerse más compleja si el trauma no queda resuelto. El TEPT no tiene porqué desarrollarse necesariamente en todas las personas que hayan estado expuestas a un acontecimiento traumático, sino que depende de la presencia de otros factores predisponentes que pueden hacer a una persona más vulnerable que otra y de la naturaleza del hecho traumático:

-La duración del evento y frecuencia de exposición al mismo.

-La gravedad del hecho y de sus consecuencias.

-Personalidad tendente a la ansiedad y a la sensibilidad, previa a la tragedia.

-Extensión del evento a otras personas de la vida íntima del afectado (pareja, hijos, familiares, amigos…).

-Grado de responsabilidad humana, es decir, el TEPT es más frecuente que se instaure ante eventos provocados por el hombre (atentados, asesinatos, abusos…) que ante catástrofes naturales (terremotos, accidentes fortuitos, tsunamis…)

La consecuencia más inmediata después de pasar por un hecho de estas características es que el sistema “bloquea” emocionalmente a la persona con el objetivo de defenderse de la realidad que ha acontecido, pudiendo prolongarse un estado de shock durante días o semanas después del suceso traumático. Este estado, inicialmente es necesario para que la persona pueda asimilar lo que ha ocurrido. Posteriormente, si el trauma se integra correctamente, el estado de shock disminuirá y comenzará el afrontamiento o, puede permanecer el bloqueo a través de otro tipo de síntomas, característicos del TEPT, como son:

-Aparición de recuerdos involuntarios e intrusivos del suceso traumático con contenido muy desagradable. Pueden presentarse imágenes en forma de “flash” o cómo si fuera una película incompleta en la que las escenas se cortan repentinamente.

-Presencia de pesadillas en las que la emocionalidad es muy intensa y el contenido está relacionado con el evento.

-Pueden aparecer síntomas disociativos, en los que el sujeto siente o actúa como si se repitieran el hecho traumático.

-Es muy frecuente el malestar psicológico intenso y prolongado, normalmente a través de reacciones de ansiedad y depresión, al exponerse a factores internos (recuerdos, secuelas físicas) o externos (lugares, escenas, personas…) asociados de alguna manera al suceso traumático, generando una gran sensibilidad en la persona afectada.

– Reacciones fisiológicas intensas (crisis de ansiedad o angustia) con síntomas de ahogo, palpitaciones, sensación inminente de muerte, mareos, temblores… ante factores que se parecen a algún aspecto del suceso traumático o que suponen un recuerdo para la persona.

Otra característica que encontramos en las personas traumatizadas es que evitan de modo persistente, cualquier estímulo asociado al trauma. De este modo, esforzarán por evitar recuerdos, pensamientos o sentimientos angustiosos acerca del hecho acontecido, así como claves de tipo externo como personas, lugares, conversaciones, actividades, objetos, situaciones… que despiertan recuerdos, pensamientos o sentimientos angustiosos como una forma de protegerse, aunque la situación de peligro ya no exista o no sea inminente. Este factor de evitación es el que en mayor medida sostiene el problema psicológico y toda la sintomatología ansiosa, ya que para superar el trauma y reducir todo el repertorio de síntomas que estamos describiendo, será necesario afrontar y exponerse a los recuerdos, pensamientos, lugares… en un contexto de seguridad, hasta que se reduzca la emocionalidad.

Por otro lado, se observan alteraciones cognitivas y del estado de ánimo, que comienzan o empeoran después de los sucesos traumáticos, por ejemplo:

-Dificultad para recordar un aspecto importante del suceso traumático como una forma de amnesia, no explicada por otras causas. La persona tiene lagunas de memoria que le impiden tener completa la escena o escenas traumáticas.

-Creencias o expectativas muy negativas persistentes, catastróficas y exageradas sobre uno mismo, los demás o el mundo que explican la alteración en el estado de ánimo: “No puedo confiar en nadie”, “El mundo es muy peligroso”, “Nunca volveré a ser el mismo”.

– Es muy habitual encontrar una percepción distorsionada de la causa, la responsabilidad o las consecuencias del trauma, provocando que la persona se culpe si se atribuye a sí misma la responsabilidad del hecho o acuse los demás de la ocurrencia a través de sentimientos de ira.

-También se da una disminución importante del interés o la participación en actividades sociales, observándose una tendencia al aislamiento ocasionado por un sentimiento de desapego o extrañamiento de los demás.

– La incapacidad de experimentar emociones positivas como alegría, felicidad, satisfacción o sentimientos amorosos, como consecuencia de un embotamiento emocional, es también una tónica habitual en los traumatizados.

Es frecuente observar una alteración importante de la alerta y reactividad en las personas que han pasado por un trauma. Por ejemplo, es común encontrarse con un comportamiento irritable y ataques de ira sin razón aparente que se traducen en agresión verbal o física contra personas u objetos o un comportamiento imprudente o autodestructivo, como si les diera igual vivir o morir.

La hipervigilancia como estado de alerta continuo, es también habitual así como una respuesta de sobresalto exagerada, como si la persona se asustara muy fácilmente ante estímulos de intensidad media o normal.

¿Hay tratamiento psicológico que pueda ayudar a estar personas?

Afortunadamente si, los tratamientos orientados a la exposición en imaginación o en vivo han demostrado ser eficaces así como el trabajo desde la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma. Así mismo, las técnicas de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR) y la exposición narrativa, son utilizadas habitualmente para la elaboración del trauma en campos de refugiados y víctimas de guerra.

En todos los tipos de abordaje, el objetivo es reducir la evitación del recuerdo del suceso hasta que se logre una completa integración del hecho pasado, afrontando conductualmente y de modo gradual aquellas situaciones que recuerden aspectos del evento traumático para que se reduzca la sintomatología y reactividad ansiosa por habituación.

En el trabajo psicológico con estas personas será muy importante el apoyo constante y una profunda escucha empática, así como la dedicación del tiempo necesario hasta la resolución del malestar. El desarrollo de las terapias, por la complejidad que presentan este tipo de casos, suelen prolongarse durante varios meses, e incluso años.

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