El efecto Pigmalión, en psicología y pedagogía es un suceso muy estudiado que describe cómo las creencias y las expectativas que tiene una persona sobre otra, puede influir en el comportamiento y en el rendimiento de ésta. Supone un fenómeno que nos interesa conocer y estudiar, especialmente para los profesionales que nos dedicamos al ámbito clínico, educativo y en general, al contacto con las personas en un contexto motivacional y de crecimiento personal o laboral.

275px-Girodet_PygmalionEl nombre “Pigmalión” tiene su razón de ser en la mitología Griega. Un escultor llamado Pigmalión se enamoró de una de sus creaciones, la estatua de la mujer de sus sueños, a la que llamó Galatea. A tal punto llegó su pasión por la escultura que la trataba como si fuera una mujer real y como si tuviera vida. Afrodita, la diosa del amor, al ver la pasión y entrega que éste sentía por Galatea, decidió concederle el deseo de darle vida y hacerla real. De este modo, Pigmalión superó lo que esperaba de sí mismo con el poder de un intenso deseo. Al creer y comportarse como si la estatua estuviera viva, esta llegó efectivamente a estarlo.

Rosenthal y Jacobson estudiaron el efecto de las creencias y expectativas en los años 60 desde la perspectiva de “la profecía que se cumple a sí misma”, concretamente, en el contexto educativo. Esta teoría la entendemos como uno de los factores que influyen en la motivación de los alumnos en el aula y que generó el conocido efecto Pigmalión del que hablamos.

El experimento originario consistió en proporcionar información falsa a los profesores sobre el potencial de aprendizaje de los alumnos de una escuela americana. A los profesores se les informó de que todos los alumnos habían realizado un test de inteligencia y que había un grupo de estudiantes que habían puntuado muy alto en el test y que se encontraban en un periodo de rápido crecimiento intelectual. Les aseguraban que su potencial era inmenso en comparación con otro grupo de alumnos, cuyas puntuaciones en los test de inteligencia no eran tan buenas.

En realidad, los chicos de la lista proporcionada a los profesores habían sido escogidos al azar, sin relación alguna con el resultado del test. El estudio estaba diseñado para comprobar si aquellos chicos respecto a los que los profesores tenían mayores expectativas, terminarían mostrando un mayor crecimiento intelectual y mejores resultados al final del curso que los chicos del grupo de control, cuando se les evaluase de nuevo, meses después.

Al final del período experimental, un alto porcentaje de los estudiantes señalados como de gran potencial,  mostraron unos resultados en los test de inteligencia muy superiores a los que se hubiese esperado de ellos sin la intervención realizada, y estos resultados fueron superiores a los de otros estudiantes de habilidades similares.

¿Qué explicación damos a estos resultados?

Especialmente los niños y adolescentes son muy sensibles al refuerzo social (atención, elogio, palabras de ánimo y motivación). Los adultos y especialmente los profesores, generan expectativas acerca del comportamiento en clase de diferentes tipos de alumnos y los tratan de forma distinta de acuerdo con dichas expectativas (no de un modo intencionado, consciente o discriminativo)

Es posible que a los alumnos a los que creen más capacitados les den más y mayores estímulos, más tiempo para sus respuestas, más refuerzos…. Estos alumnos, al ser tratados de modo más motivante y positivo, responden de manera destacable, confirmando así las expectativas de los profesores y proporcionando las respuestas acertadas con más frecuencia. Si esto se hace de una forma continuada a lo largo de varios meses, conseguirán mejores resultados escolares y mejores calificaciones en los exámenes. De este modo, se produce un efecto positivo en los niños cuando se tienen altas expectativas con respecto a sus capacidades y potencialidades, de forma que afianza su comportamiento y su rendimiento, provocando un aumento de la autoestima.

El estudio citado anteriormente llegaba a la conclusión de que el desarrollo intelectual de los estudiantes resulta en gran medida una respuesta a las expectativas que sus profesores tienen sobre ellos y la manera en que estas expectativas se transmiten.

Igual ocurre con el comportamiento de los niños en casa o en otros contextos de tipo social. Si esperamos que se porten bien porque sabemos que son buenos y se lo trasmitimos correctamente, hay mayor probabilidad de que se comporten como deseamos.

De modo opuesto, se explica el efecto contraproducente del “etiquetado”,  si repetimos a los niños mensajes del tipo: “eres un desastre”, “no seas tan patoso”, “te vas a equivocar”… les transmitimos unas bajas y malas expectativas con respecto a sí mismos y su comportamiento y acabamos generando el efecto y las consecuencias negativas que profetizamos. Si transmitimos que eres un desobediente y desordenado, por coherencia a esa expectativa, el niño será desobediente y desordenado y su autoconcepto se verá afectado acorde con esta idea.

De este modo entendemos que es mucho más útil, adaptativo y beneficioso generar y trasmitir altas y buenas expectativas sobre el comportamiento de los niños, puesto que tendrán la tendencia a cumplirlas gracias a esta actitud favorecedora de su entorno.

Tampoco los adultos nos escapamos del efecto Pigmalión. En el contexto laboral o en el amoroso, nuestros comportamientos pueden verse modulados o influidos por las creencias y la imagen que tienen los demás sobre nosotros. Las expectativas favorables que percibimos de nuestro entorno (compañeros de trabajo, amistades, familiares),  pueden llevarnos a descubrir nuevas facetas, a mejorar y potenciar cualidades personales, desarrollar relaciones sociales mas adaptativas o a conseguir grandes logros en el trabajo.

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