Una de las consultas más habituales que tenemos los psicólogos en sesión son aquellas relacionadas con el acto de preocuparse, “no puedo parar de pensar”, “necesito que mi cabeza deje de darle vueltas siempre a los mismos temas”, “quisiera desconectar y poder tener la mente en blanco”, son algunas de las frases que más habitualmente escuchamos.

¿Por qué surge a veces esta necesidad?, ¿Es posible mantener nuestra mente en blanco? Desde la psicología clínica, la respuesta es muy clara. No podemos mantener nuestra mente en blanco.

El cerebro es el productor oficial de todos nuestros pensamientos. El pensamiento implica una actividad global del sistema cognitivo con intervención de múltiples mecanismos (memoria, atención, procesos de comprensión, aprendizaje),  es una experiencia interna e individual que se da de forma automática. Una de las características principales de los pensamientos es que no requieren que se dé la presencia real de los estímulos, ideas o situaciones que ocupan nuestra mente para que podamos ocupar tiempo pensando en ellos, (por ejemplo, podríamos fantasear con lo maravilloso que sería que nos tocara la lotería sin haber vivido dicha experiencia previamente), bajo ese prisma, el cerebro puede hacernos vivir mentalmente experiencias muy agradables y satisfactorias, pero en la otra cara de la moneda, el cerebro y la acción de pensar, puede convertirse en un infierno que nos acerque a nuestros peores temores, inseguridades y desidias.

Es en ese momento, cuando las personas que tienden a ser preocupadizas quieren dejar de pensar, no pueden dejar de darle vueltas a lo horrible que sería tener una enfermedad grave, lo insoportable que sería que su pareja decidiera separarse de ellos, o a la incomodidad que podría generar afrontar un conflicto con un compañero de trabajo. Y claro, aparecen entonces esas “cadenas de preocupaciones” que acaban afectando a otros aspectos de la vida, nos cuesta entonces centrarnos en el trabajo, disfrutar de una buena película o pasarlo bien en una reunión de amigos… ¿Cuántos de vosotros os sentís identificados con esa realidad?

Una vez ahí, por más que a veces se intenta, uno puede no conseguir apartar esos fantasmas, es como si cada intento de dejar de darle vueltas a nuestra preocupación fuera más inservible que el  anterior y de forma paradójica hacemos cada vez más grande la preocupación, sin quererlo, estamos engrandeciendo al monstruo… Para acercaros esta sensación os proponemos algo. Imaginaos que cada uno de vosotros os dierais la siguiente orden: “NO QUIERO PENSAR EN UN ELEFANTE ROSA”, ¿Lo conseguiríais?, seguramente no, probablemente a cada intento de no hacerlo acabaríais viendo al elefante rosa con mayor nitidez y precisión.

Algo similar ocurre cuando algunas personas pretenden suprimir los pensamientos que le hacen daño, se embarcan en un camino hacia ninguna parte en el que tienen desde el inicio la batalla perdida.

Llegado a ese punto es cuando los psicólogos trabajamos aspectos como  el control de los pensamientos, la reestructuración cognitiva, la exposición a los pensamientos, la “hora de preocuparse” y otras técnicas de afrontamiento, todas esas estrategias que aportamos desde consulta NUNCA irán destinadas a que la persona deje de pensar.

Las herramientas que aportemos tendrán el objetivo de que la persona pueda comprender por un lado la función que tiene para ella dicha preocupación  y más adelante poder darle pautas para que su forma de ser “preocupadiza” no sea una lacra que acabe condicionando su vida.

Comprenderéis que en esta breve disertación sería difícil trasladar de forma concreta y específica cómo trabajar con esas preocupaciones patológicas, sería algo así como un acto de magia que se aparta mucho de la realidad. Nos conformamos con que desde ahora dejéis de daros instrucciones erróneas y difíciles de conseguir. Para muchas de las personas que pasan por nuestra consulta hay un antes y un después una vez aprenden a redirigir sus pensamientos y preocupaciones.

¿POR QUÉ NO LO INTENTAS TÚ TAMBIÉN? 🙂

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